Cuando se vaya el último borracho, aún quedarás tú.
Desde el balcón se intuían bajo la noche las luces azules de los coches de la policía.
Vigo, política, retranca, Casa Real e vida en xeral
Cuando se vaya el último borracho, aún quedarás tú.
Desde el balcón se intuían bajo la noche las luces azules de los coches de la policía.
Siempre me gustó llamarle a la costa que comunica Baiona con A Guarda,” a nosa Costa da Morte” o Costa da Morte Sur. Porque muchos pescadores aficionados o no mueren ahí. Caen en las rocas, resbalan o los lleva un golpe de mar.
Pero hubo un tiempo en que no sólo hubo cadáveres en las rocas y en el mar. Hubo un tiempo en el que los muertos llegaron a tierra y monte. Ese año fue 2002. El primer crimen ocurrió en abril de 2002, el segundo fue en septiembre de 2002 y era un ciudadano turco, y el tercero ya fue en enero de 2003, un constructor de O Rosal.
La teoría alternativa a la que nos enfrentamos dice que fueron crímenes consecutivos, encadenados e interconectados. Algo muy alucinante para mí.
Dúas da madrugada nunha localidade de media poboación de Galicia.
María asómase á fiestra e ve cómo un home encanona a outro desde dentro dun vehículo cunha escopeta. O home morre e o condutor fuxe.
María apunta a matrícula. Hai que denunciar dille a seu home. Pero Xoán colle o papel de mans da muller e ráchao. Non nos imos meter en problemas.
El Comisario jubilado Garrido hacía balance de todo lo ocurrido en 2006. En concreto el 11 de junio de 2006.
Cómo había recogido el móvil en casa de Debbie, cómo le había retirado la tarjeta sim y había introducido los dos objetos en un sobre delante de su madre que no se había atrevido a tocarlo.
Recuerda también cómo revisó el móvil concienzudamente en su casa de Madrid ( no quiso hacerlo en Comisaría porque podía verlo cualquiera). Le había echado una primera ojeada en Vigo en el hotel pero de forma muy superficial.
En casa con más calma quedó estupefacto con todo lo que vio en el terminal. Más de doscientas llamadas de Paul a Debbie algunas hechas obsesivamente en la misma jornada y sin responder por ella. Algunos sms y algunas llamadas de Debbie a Paul.
La tarjeta sim nunca llegó a comisaría. Garrido la guardó primero en la caja fuerte de su casa y luego en una caja fuerte de un banco suizo que estaba a nombre de su mujer, el mismo en el que aún tenían una cuenta conjunta.
Había pensado alguna vez cambiarla de sitio y que la nueva custodia fuese su segunda mujer, pero en el fondo no se fiaba de ella. Era joven, “ estaba muy buena”’decían sus colegas pero él no se fiaba tanto para algunas cosas como de su ex.
Guardar la tarjeta le blindaba; si algún día venían mal dadas la sacaría a relucir, era su seguro de vida.
Podría forzar la aparición de la tarjeta como hicieron con el móvil. Vender su contenido a algún programa sensacionalista, a la familia o seguir extorsionando con ella.
La inspectora no se dio cuenta de que había dejado el ordenador encendido con su sesión abierta. No se percató hasta que al día siguiente al llegar vio que la pantalla del ordenador desprendía luz.
Se dio cuenta de que lo había dejado abierto ( o se lo abrieron) y que por lo menos alguien lo había estado viendo hace pocos minutos y se estremeció. Eran contadas personas las que podían acceder a aquel despacho.